Sarahí y su hija Paula

Por Sarahí García Gómez

De niña solía preguntarme por qué tuve que ser negra. Junto a esa pregunta había otros por qué, todos relacionados con las burlas, las acciones o comentarios desagradables que me invitaban a odiar mi color de piel y todo lo que representaba. En ese momento yo no entendía muchas cosas, no me interesaban las historias ancestrales de mis abuelas, pero una cosa sí aprendí desde pequeña, herencia de toda mi parentela “Siempre tienes que dar más y esforzarte, porque tú eres negra”. Esa frase me ha acompañado como pesada extensión de mi cuerpo. Confieso que aún me es difícil deshacerme de ella. Así, fui creciendo, y la incorfomidad con mi negritud se fue tornando en rechazo a lo que era diferente a mí. Fui entrenada para responder “blanco peste a leche” a quien me dijera “negra mona”… ¡y sentía tanta satisfacción al proferir esa frase! Pero no aprendí a responder al rechazo de una mirada desdeñosa o ese rechazo que no necesita de palabras sino que viene vestido de invisibilización o descalificación.


Gracias a Dios, siempre llega ese momento de luz, de despertar, y ese primer tiempo fue durante mis estudios universitarios. Comencé a repensar todo lo relacionado con mi identidad, a comprender de una manera más consciente el comportamiento humano-inhumano… y de nuevo vinieron las preguntas pero en otro sentido. Ya no me cuestionaba a mí, sino a la realidad que vivía, injusta, racista y excluyente. La universidad no solo me enseñó sobre psicología. Las relaciones y convivencia con personas de África, el resto del Caribe y Medio Oriente me abrieron un mundo de conocimiento y sensibilidad hasta entonces desconocido, que me llenaron de orgullo por mi color de piel, mi negritud….


Luego vino mi entrada a la Iglesia. Como en la universidad, volví a sentirme minoría. Regresaron las preguntas cuestionadoras de la realidad ante frases y acciones que muchas veces las personas no eran capaces de imaginar cuanta carga excluyente y dolorosa portaban. Mi conciencia negra y mi orgullo crecían … La Biblia,los espacios educativos del Movimiento Estudiantil Cristiano, la formación teológica en la Iglesia Presbiteriana -Reformada en Cuba, o en instituciones ecuménicas como el Centro Martin Luther King, el Centro Cristiano de Reflexión y Diálogo y el Seminario Evangélico de Teología, así como el acompañamiento de personas en las comunidades de fe, dispuestas a aprender y caminar hacia la equidad, trajeron más luz a mi vida. Y eso es lo que interpreto como vocación, ese llamado que me ha hecho Dios a celebrar y compartir lo que soy, a colaborar desde mi conciencia y mi pertenencia. Ya no se trata sólo de una cuestión de orgullo propio, se trata de un llamado a construir junto a Dios esa nueva creación donde la bondad, la justicia, la sabiduría ancestral tatuada en nuestra piel, en nuestros carismas y en nuestra africanidad, pueda ser compartida y pueda expresar lo verdaderamente bello y divino de nuestra existencia… Mi último despertar fue ser madre… Ser madre me ha llevado a trascender aún más el espacio cerrado del hogar y conectar con la invitación de Dios a que las personas se quieran y respeten, que las niñas y los niños no tengan que preguntarse por qué soy negra, sino que lo disfruten y lo vivan como una bendición. Que nuestr@s jóvenes no tengan que pensar “si no fuera negro no estuviera constantemente bajo examen, cuestionamiento extra y peligro real de muerte”. O las madres y padres negros no tengan que exigir el mayor esfuerzo a sus hij@s para “demostrar” que valen y pueden. O personas ancianas no tengan que sufrir con tanto dolor debajo del sol, de generación en generación. Se acabarían los peros con que han violentado nuestra identidad, las sospechas que se levantan ante nuestros justos reclamos y las risas cómplices que intentan ridiculizarnos… Es muy difícil y agotador eso de hacer que la gente negra se ame, porque aún en nuestras aulas hay maestras que piensan que todos los colores embellecen el paisaje menos el negro, o nuestra hija sigue escuchando chistes acerca de “por qué tenemos el pelo malo y la nariz chata y solo la palma de las manos blancas: es que llegamos tarde a todas las distribuciones y lo nuestro fue lo malo y atrasado”; y todo el mundo ríe en el aula de tu hija y ella se siente muy sola porque ha sido entrenada para no reír ante estos chistes pero toda su aula esta riendo. O en la Iglesia, en una clase de escuela dominical, a niños y niñas les perece extraño pintar los personajes bíblicos de color negro. O la historia (selectiva) sigue siendo prolija en contar acerca de héroes de piel blanca y escasa en presentarnos rostros e historias de personas negras que han hecho una contribución valiosa. O te cuestionan por llevar tu pelo natural, porque luce a los ojos de “expertas de la moda” poco elegante, nada fino y muy exhuberante. O personas que tú quieres, sin darse cuenta te hieren con sus comentarios carentes de sensibilidad donde “lo negro” es el adjetivo perfecto para acompañar sustantivos como día, humor, pelo… cuando se necesita reenmarcar su supuesta mala cualidad. O eres tildada de complejista, extremista y exagerada cuando pones la señal de alarma antirracista que tienes activada por tus múltiples despertares. O eres incomprendida cuando intentas desarticular frases superficiales que no van a la raíz del asunto, al pecado estructural histórico que limita a las personas negras en su desarrollo integral con equidad de oportunidades y posibilidades, frases como “el negro es más racista que el blanco”, o “tiene tendencia al comportamiento delictivo” o “es bueno sólo en deporte y baile”. Agradezco a Dios porque además de mi esposo, mi hija y mi hijo, retadores por excelencia de mi vida, en el último año he conocido personas, activistas antiracistas, que me han sacudido de manera rotunda por si se me ocurre dormir nuevamente el sueño engañoso de la comodidad, la enajenación o el egoísmo. Mi exhortación para quien ha sentido ese llamado de Dios “al mejoramiento humano y la utilidad de la virtud”, es a elegir insistentemente ese despertar; si eres del grupo excluido, amándote, amando a tu gente y reconociendo las posibilidades infinitas de tu identidad, y sobre todo luchando por una sociedad de más derechos y menos privilegios (eterna utopía que como dijera Galeano, nos sirve para caminar). Si eres del grupo excluyente, a escuchar, aprender, dejar de atacar o defenderte desde una supuesta superioridad que Dios nunca te concedió y te cuestiona todo el tiempo.

Nos enfrentamos a la elección de seguir con nuestras vidas sin complicarnos mucho la existencia o abrir espacios de respeto a la dignidad propia, del otro y de la otra, de inclusión verdadera y no solo en el discurso o en el “trending topic” de las redes sociales. Es nuestra elección seguir en la superficie o ir a lo profundo y poner atención a nuestras maneras de relacionarnos (con nosotros mismos, con el prójimo, con quienes están distantes no solo físicamente, y con toda la creación de Dios), recordando que nuestras lógicas siempre serán subvertidas por el Abba proclamado por Jesús de Nazaret. Es nuestra elección seguir llevando o no el grillete de todo pensamiento y acción colonialista que denigra lo que es considerado inferior desde esa mirada esteroetipada racista, esa ancla que naturaliza la exclusión y descalifica algún rasgo de las identidades que nos atraviesan.


Mi elección es pues despertar, sentirme parte y hacer sitio para que siempre entre alguien más en el gran banquete al que nos invita Dios. Hay sitio para tod@s y sus invitadas de honor son aquellas personas que
siempre fueron consideradas inferiores. Así, muchas cosas del reinado proclamado y vivido por Jesús serán posibles y serán realidad.